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Luis Velasco
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Recuerdo muy bien cuando –por primera
vez– estudié los verbos en mis clases de
gramática. Fue, más o menos, en cuarto
grado de primaria de mi amado Colegio
Chanpagnat. También recuerdo al temido
Hermano Julián, un maestro Marista cuyo
acento gallego lo situaba geográficamente
y al que la amargura le mataba y se le acrecentaba en
cada segundo de su vida.
El primer Modo que aprendíamos era el Indicativo, los
primeros Tiempos eran el Presente, Pasado Perfecto y Futuro
Perfecto, los verbos modelos eran amar, temer y partir y el
verbo auxiliar era haber. Los pronombres personales ya los
habíamos aprendido en tercer grado y a la orden del maestro,
comenzábamos a conjugar el verbo que fuese, convirtiéndose
el aula en un coro muy distante al de los niños vieneses
y muy semejante al de un corral de polluelos.
Así de sencillo… sin razonamiento… sin vueltas y –para
decir verdad- sin saber a ciencia cierta lo que era: pretérito,
pasado o futuro, conjugábamos los verbos,
sin tener idea del tiempo. Pero bueno, en aquel
momento éramos niños, y los niños no tienen la capacidad
de construir los sectores de la temporabilidad y por eso
mismo son felices, porque viven el presente y nada más.
El cambio comienza cuando vamos creciendo. El paraíso
del presente se va perdiendo cuando un político en su
discurso, el Hermano Superior o el papá orgulloso nos
asigna identidad con una sentencia pomposa: “los niños
son el futuro”. Entonces es cuando todo empieza a echarse
a perder. Comenzamos a cobrar conciencia de futuro…
mas tarde será la de pasado… mientras el presente va
quedando en el limbo o mejor, como lugar para vivir las
eternas torturas donde se discute lo que pasó o lo que va a
pasar, perdiendo -así- el más precioso de los tiempos.
Por su parte los ancianos son el pasado y allí suelen
habitar. Sin apenas futuro, vegetan recordando sus tiempos,
como si este tiempo, el ahora, no les perteneciera; y
eso es justamente lo que tenemos que evitar, porque de lo
contrario –sencillamente- sería envejecer antes de tiempo.
De todas maneras, hay personas mayores que tienen la
capacidad de contarnos solamente las alegrías del pasado
y vivir el presente… con la misma alegría.
Si destacásemos dos características bien extendidas
entre los seres humanos en la actualidad, estas serían la
nostalgia y la angustia. Se trata de dos
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